lunes, 16 de febrero de 2015

PERFUME



Ella camina sobre doscientos cincuenta euros, su estilo es elegante, su belleza serena. Distinguida y hermosa, camina por la ciudad en penumbra, en busca de su coche.
La noche se tapa con neblina inglesa. Hace frío, pero ella va bien abrigada.
No tiene tiempo de nada. Un brazo la atrapa contra un cuerpo extraño, grande y maloliente, introduciéndola en un portal. Le tapan la boca susurrándola al oído.
-No se mueva, no haga ni un gesto. No la pienso hacer daño ni robar. Tengo frío,
necesito su calor, cinco minutos, luego la dejo.
El hombre la huele, Exhala el caro perfume, aprieta su cuerpo contra la espalda de la mujer, sin dejar de sujetar su boca.
-Le juro que no quiero otra cosa que sentirla, dos minutos más y es todo. No tengo ninguna intención de abusar de usted, Hace tanto tiempo que no toco a una mujer, que no siento su olor. Ya la dejo, pero no grite, no se vuelva a mirarme, ni me guarde rencor. Sé que he hecho mal, entenderé que no me perdone, Ni me arrepiento ni me justifico, Le he robado cinco minutos de su tiempo. Seguro que tarda más en tomarse un café. Ahora, vayase, y recuerde, no mire hacia atrás.
Ella no le miró. Cerró los ojos y respiró sin hacer ni un gesto, por temor a enojar al hombre que la había abrazado.
Torpemente sacó el móvil del bolso.
En comisaría le dijeron que abrazar no era un delito, pero si el asalto, aunque no pudo dar datos sobre el hombre.
Era alto, robusto, y olía mal.
Mientras ella solloza en brazos del amigo que ha venido a recogerla, presa de un ataque de nervios, en un cajero, un hombre agoniza sobre cartones, oliendo en su ropa, el perfume de una mujer por última vez. 





imagen: Google

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